I once thought I had mono for an entire year. It turned out I was just really bored. (De la legendaria película "
Wayne's World"... bueno, ni tan legendaria, pero me cayó bien...)
Ya cuando el ocio ataca lo suficiente como para poner babosadas como la entrada anterior en este blog me doy cuenta de la gravedad del ocio y del millón de cosas que debería estar haciendo en lugar de escribir aquí, revisar Facebook como si fuera a pasar algo interesante ahí o simplemente vagar por internet sin propósito ni rumbo fijo. Lo malo es que darme cuenta no implica combatir el ocio o volverme productivo. No, no. Me doy cuenta y me preocupo, pero no me ocupo, porque el ocio se ha vuelto escaso, y por lo tanto, más valioso. Es casi como meditar, perderme en los rincones de mi cabeza loca y dejarme llevar por cualquier estupidez que se me ocurra. Total, no daño a nadie.
Y así me puse a pensar en tantas cosas que han ocurrido últimamente y que ustedes no saben porque yo no les he contado. Y normalmente la gente no se ocupa mucho de la vida de los demás, así que no tendrían por qué saber a menos que yo les contara. ¿Y les contaré? Pues un poco, como no, así que si hay alguien que no esté interesado en saber qué ha pasado, es buen momento para visitar otra página. Habiendo advertido sobre la información autobiográfica a continuación, procederé.
Resulta que esta semana es una de las pocas en que no tengo examen el sábado. Es más, ya no me acuerdo cómo se siente un sábado de esos en que uno se puede levantar a la hora que se le dé la gana (y a mí casi siempre se me da la gana como a las 8-8:30) para ver televisión o hacer cualquier cosa que no sea manejar hacia la escuela con la ciudad vacía, parar cinco minutos para ver el amanecer en el mini-bosque de los árboles de colores y luego llegar al estacionamiento vacío de la escuela para no pelearme con los pseudo-humanos que atentan contra mi buen humor y decencia a las 7 de la mañana si llego dos minutos después de lo acostumbrado.
En un día normal de este semestre, estaré en la escuela hasta las 11:30, correré a casa para comer lo que haya (si da tiempo; si no, huelga de hambre por falta de tiempo) y luego correr a la oficina para hacer mil cosas durante 8 horas que firmará alguien más y entregará con mi nombre como el trabajo que realizó durante una semana pero que a mí me exigió en tres horas porque era urgente (pero sólo fue urgente cuando le recordaron que ya tenía una semana sin trabajar en ese asunto). Oh sí, niños y niñas, esto se repite de lunes a miércoles, y yo puedo sentir esa parte de mi paciencia que se deteriora, de mi buena voluntad que muere y de mi fe en la humanidad que va desapareciendo "one day at a time...".
El jueves mi actitud mejora un poco porque el viernes no tengo clases... pero nada es perfecto y, a cambio, debo llegar a la oficina a las 8 de la mañana. Ahora, aquí hay algo que mencionar... TODOS en la oficina tienen derecho a salir temprano el viernes si han llegado temprano todos los días de la semana anterior. Solamente hay ocho personas que llegan temprano a la oficina, cinco del personal de intendencia, dos de mi departamento y yo. Sin embargo, esto no frena a TODOS los demás para salirse discretamente y en cómodos movimientos de dos en dos a partir de las cuatro de la tarde. Yo los veo irse, pero me quedo hasta las 6:30 de la tarde (mínimo) porque siempre hay algo urgente que aparece como a las 6 y como no hay nadie más, adivinen a quién se lo pasan...
¿Me he quejado? Claro que no. Mi política siempre ha sido la de no quejarme, la de reventar un día sin mayor esfuerzo y en un arranque digno del demonio de tazmania arrancarle la cabeza al que se siente junto a mí, sacarle las tripas al que se acerque a ver qué pasa, los ojos al primero que grite y acabar con los demás con una explosión colorida y decente en el clásico cierre que James Bond daría a la escena...
Pero mi frustración no acaba ahí. Claro que no. Porque los males de oficina en realidad ni son tantos ni son tan malos. Uno les agarra cariño a las estupideces que le hacen diario precisamente por su carácter cotidiano. Podemos soportar a un jefe abusón, trabajo de viernes a las 7 de la noche, cosas urgentes que urgían desde hace una semana pero que nos acaban de avisar. Pero lo que no podemos soportar son los detallitos... como la Claudia (se acuerdan de la referencia de Cándido Pérez) que insiste en decirme "Kike" o "Kikín" (odio que me digan así) o su perfume que huele como a vainilla pisoteada por una mula con café soluble y canela en polvo... o la maldita forma que tiene de interrumpirme justo cuando tengo que estar más concentrado para que baje una caja o haga SU trabajo o preguntarme algo para luego decirme "¿Estás seguro?" "No te creo"... y que yo le responda "¿¡¡¡ENTONCES PARA QUÉ ME PREGUNTAS!!!?" El otro día, sin ir más lejos, tuvo que interrumpirme para preguntar si sabía qué era lo que le había pasado a Alejandra Guzmán... casi la mato. Carajoles... Además se acerca el miércoles (el día en que mi paciencia es más delicadita) y la Guayaba esta agarra su segundo aire y se pone todavía más fastidiosa. Oh boy...
Para que se den una idea (evidentemente, ella empieza la conversación porque yo no le hablo con tal de escuchar sus tarugadas lo menos posible):
-"Kikín"...
-¿Qué?
-Necesito bajar esa caja.
-Pues bien por ti, échale ganas, amortigua el impacto con las rodillas y no cargues con la espalda porque te puedes hacer daño.
-¡¿No vas a ayudar a una dama?!
(R se pone de pie)
-¡Claro que sí! ¿Dónde está la dama?
O la favorita de la oficina (que todavía se ríen al recordar).
-¿Kikín, te puedo robar un segundito?
-Ah pero si cómo chi.... símo gusto.
Y esto es toooodos los días.
Llego a mi casa, cansado y apenas me da tiempo de medio comer lo que encuentre (que el otro día fue un sandwich con un pan que tenía un poco de penicilina pero me dí cuenta a media vacuna), preparar mi ropa para el día siguiente, dejar mi traje listo para su viaje a la tintorería y ver, cuando me va bien, algún programa de tele antes de caer en un estado entre el coma y el Nirvana...
Y lo peor, en días como hoy, en que el ocio es mayor, hasta me da tiempo de pensar...
¿Qué será eso que tanta falta me hace últimamente?